**José A. Lizana**
El ejercicio físico puede llegar a ser recetado como un fármaco en las consultas médicas, aunque no se presente en forma de pastilla. La evidencia científica ha demostrado que la actividad física previene numerosas enfermedades crónicas y favorece un envejecimiento saludable. Sin embargo, también existe una faceta menos conocida: sus posibles efectos adversos.
**Sus efectos secundarios.** Si aceptamos el ejercicio como un fármaco, debemos asumir que, como cualquier medicamento, requiere una posología específica y puede presentar contraindicaciones.
El problema radica en que, como sociedad, hemos promovido el “hacer ejercicio” de manera genérica, ignorando sus matices, tal como advierte la Fundación Española del Corazón. La solución pasa por la personalización de los programas de actividad física para cada individuo.
**El problema de la metáfora.** El eslogan “ejercicio como medicina” es una eficaz campaña de marketing en salud pública, pero desde el punto de vista científico presenta varias lagunas. Diversos estudios señalan que el ejercicio no actúa como un fármaco convencional, ya que su respuesta no es uniforme ni predecible en todos los pacientes. Esto implica que sus efectos pueden variar significativamente entre personas.
Al equiparar el ejercicio con un medicamento, se corre el riesgo de invisibilizar la diversidad de respuestas individuales. No existe una “pastilla de sentadillas” universal: mientras que para algunos este ejercicio es beneficioso, para otros puede derivar en una lesión por sobrecarga. Muchas veces, el problema surge al iniciar la actividad física sin una planificación adecuada.
**Los números del daño.** Aunque el sedentarismo conlleva graves riesgos para la salud, los datos revelan otra realidad. Estudios realizados en Estados Unidos indican que quienes cumplen o superan las recomendaciones de ejercicio moderado o vigoroso tienen entre un 44% y un 66% más de probabilidades de sufrir lesiones musculoesqueléticas que las personas inactivas.
Además, si bien el ejercicio mejora la salud cardiovascular, el “coste de mantenimiento” del organismo aumenta considerablemente con la intensidad y el volumen de la actividad.
**Una cuestión de sesgos.** La literatura científica señala una falta de transparencia en los ensayos clínicos sobre ejercicio. En un metaanálisis de 103 estudios sobre artrosis de rodilla, se constató que el 6% de los participantes sufrió daños directos atribuibles a la actividad física.
Lo más preocupante no es la cifra en sí, sino la infrarrepresentación de estos efectos: muchos pacientes que abandonan los estudios por dolor o malestar no se registran como “casos de efectos adversos”, lo que genera una percepción de seguridad artificialmente elevada. Este patrón se repite en áreas como la oncología, donde el lema “exercise is medicine in oncology” coexiste con eventos adversos relevantes que han impulsado la creación de protocolos de monitorización más estrictos.
**Nos pasamos a veces.** El problema subyacente es la recomendación de programas intensivos o complejos sin una evaluación clara de la relación beneficio-riesgo frente a alternativas más sencillas.
Paralelamente, se produce el fenómeno de la “prevención cuaternaria”, donde la medicina se centra en evitar los daños de sus propias intervenciones, medicalizando en exceso y anulando así los beneficios naturales del ejercicio.
**El consenso necesario.** Los propios autores que popularizaron el concepto de ‘ejercicio como medicina’ reconocen explícitamente que la actividad física no está exenta de riesgos. Incluso la Organización Mundial de la Salud (OMS), aunque enfatiza que la inactividad es el principal factor de riesgo poblacional, incluye advertencias específicas en sus directrices.
**La importancia de la supervisión.** En conclusión, el ejercicio es, sin duda, necesario y una herramienta poderosa para prevenir enfermedades. No obstante, es crucial practicarlo con conocimiento. Iniciar una actividad física intensa sin preparación puede provocar lesiones graves o agravar patologías preexistentes.
Por ello, contar con la asesoría de profesionales en entornos como gimnasios, que puedan guiar una progresión adecuada, resulta clave para maximizar los beneficios y minimizar los riesgos asociados a una práctica agresiva o mal planificada.
**REDACCIÓN FV MEDIOS**