Miguel Jorge
Miguel Jorge
A lo largo de la Guerra Fría, hubo puntos del mapa cuyo valor real no se medía por su tamaño, sino por lo que podía desencadenarse si alguien intentaba forzar la situación. Hoy, uno de esos lugares vuelve a concentrar miradas, cálculos y silencios incómodos entre las grandes potencias.
Y no está en Groenlandia, sino en una isla más pequeña.
El enclave de riesgo global. La tensión entre Estados Unidos y China se está concentrando de forma cada vez más evidente en Taiwán, un territorio pequeño en tamaño pero descomunal en consecuencias estratégicas. Mientras Washington se permite dramatizar escenarios secundarios en el Ártico, las maniobras militares chinas alrededor de la isla se han vuelto rutinarias, cada vez más agresivas y parecidas a ensayos reales de bloqueo o presión máxima.
La ausencia de respuestas claras y rápidas por parte de la Casa Blanca proyecta una señal peligrosa en un contexto donde la disuasión depende menos de declaraciones formales que de reflejos políticos inmediatos.
La disuasión que se pone en duda. El contraste entre la tibieza política de Trump y las advertencias del propio aparato militar estadounidense ha abierto una grieta visible. Contaba el Telegraph que mandos del Pentágono llevan tiempo alertando de que China se prepara para poder combatir y ganar un conflicto en torno a Taiwán antes de que termine la década, aunque ese diagnóstico no siempre se traduce en mensajes públicos creíbles.
Esta disonancia reduce el coste percibido de una acción china y deja abierta la posibilidad de un error de cálculo por parte de Xi Jinping, especialmente si interpreta la cautela estadounidense como falta de voluntad.
Taiwán como pieza clave. La importancia de Taiwán para Estados Unidos no es simbólica, sino más bien estructural. Hablamos de una democracia avanzada en una región dominada por regímenes autoritarios, una que alberga el núcleo de la producción mundial de semiconductores avanzados y forma parte de la primera cadena de islas que limita la proyección militar china en el Pacífico.
Desde ese prisma, la caída supondría un golpe directo a la economía global, a la superioridad tecnológica occidental y a la credibilidad estratégica de Washington en Asia.
Ya no es 1996. A diferencia de crisis anteriores, cuando la superioridad naval y aérea estadounidense era abrumadora, hoy el balance es mucho más ajustado. China ha construido una marina mayor que la estadounidense en número de buques, una fuerza aérea con cientos de cazas de quinta generación y, sobre todo, un arsenal masivo de misiles convencionales capaces de golpear bases, puertos y flotas a gran distancia.
Aunque Estados Unidos sigue gastando más en defensa, los menores costes industriales chinos y su proximidad geográfica al teatro de operaciones erosionan de forma significativa esa ventaja.
El arma “logística”. Recordaba el New York Times en una columna que uno de los factores que durante años moderó el comportamiento de Pekín fue su dependencia de materias primas críticas procedentes de países alineados con Occidente, especialmente el mineral de hierro australiano.
Ese freno se está debilitando a medida que China asegura suministros alternativos desde África, reduciendo su vulnerabilidad a sanciones o bloqueos en caso de conflicto. El resultado: un entorno en el que los costes económicos de una guerra por Taiwán, aunque enormes, ya no son tan disuasorios para Pekín como lo fueron en el pasado.
Sin vencedor claro. Las simulaciones abiertas y filtraciones internas desde Washington coinciden en un diagnóstico de lo más incómodo: llegado el caso, una guerra por Taiwán sería devastadora incluso para quien lograse imponer su objetivo inmediato.
China podría fracasar en la invasión, pero Estados Unidos y sus aliados pagarían un precio militar no visto desde la Segunda Guerra Mundial, con pérdidas masivas de aviones, buques y personal. Taiwán, incluso si lograra resistir, quedaría profundamente dañada como país y como motor económico global, arrastrando al mundo a una crisis prolongada.
La isla que más “pesa”. Todo ello explica por qué Taiwán es, con diferencia, el mayor riesgo geopolítico del planeta en estos momentos y una prioridad estratégica, seguramente muy por encima de escenarios como Groenlandia.
No se trata de territorio, o no solo, sino de credibilidad, equilibrio de poder y estabilidad del sistema internacional entre dos superpotencias. Y, en ese tablero, cada gesto de ambigüedad cuenta, y cada señal de debilidad puede acercar un conflicto que nadie ganaría sobre el papel, pero cuyas consecuencias afectarían a todos.
Imagen | Pexels, 總統府
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