Sturla Holm Laegreid ganó una medalla de bronce en los JJOO de invierno. Acto seguido confesó que había sido infiel

John Tones
John Tones
El pasado martes, el noruego Sturla Holm Laegreid conquistó la medalla de bronce en la prueba individual de biatlón de 20 kilómetros en Milano-Cortina 2026. Lo que debía pasar a ser una celebración deportiva para su país se transformó en un momento desconcertante: ante las cámaras de NRK, la televisión pública noruega, Laegreid rompió a llorar y pronunció unas palabras que darían la vuelta al mundo: “Hace seis meses conocí al amor de mi vida. Hace tres meses cometí el mayor error y la engañé”. 
Nos importa el drama. La confesión, emitida en directo, convirtió instantáneamente su medalla en un asunto secundario. Como él mismo reconocería más tarde ante el diario noruego VG, aquella había sido “la peor semana de su vida” después de haber revelado la infidelidad a su pareja apenas siete días antes de la competición olímpica. Seis meses atrás había encontrado a quien consideraba su pareja definitiva, tres meses después cometió la infidelidad, y apenas una semana antes de los Juegos decidió confesárselo.
Por qué lo hizo. El biatleta reconoció estar realizando lo que llamó un “suicidio social”, apostando por la exposición pública como última oportunidad de reconciliación. “No tengo nada que perder”, dijo. Y añadió: “Tenía una medalla de oro en mi vida, y probablemente haya muchos que ahora me miren de otra manera, pero yo solo tengo ojos para ella”. Su ex también accedió a hablar con VT, felicitando al ganador del oro y agradeciendo la solidaridad recibida por todo el país a la hora de pasar por este desagradable trance.
Lluvia de críticas. El palmarés de Laegreid incluye múltiples títulos mundiales y un oro olímpico conseguido en los relevos 4×7.5km de Beijing 2022. Esta era su primera medalla en categoría individual. Debido precisamente a su relevancia, las reacciones no se hicieron esperar. Johannes Thingnes Boe, leyenda del biatlón con cinco oros olímpicos, criticó duramente la confesión en directo: “Fue muy sorprendente. El momento, el lugar y la ocasión son totalmente incorrectos”. La ex-esquiadora Therese Johaug, cuádruple medallista olímpica, secundó la crítica señalando que nunca había presenciado una entrevista semejante.
En Noruega, donde el biatlón se sigue con la pasión con que otros países siguen el fútbol, las críticas no se centraron tanto en la confesión personal como en haber eclipsado el triunfo del ganador de la medalla de oro, su compatriota Johan-Olav Botn, quien había tenido un gesto muy elogiado, dedicando su oro a un compañero fallecido recientemente. Según explicó un residente español en Oslo, la cultura noruega es “menos dada al cotilleo” que la española, y el verdadero problema radicaba en haber desviado la atención mediática del momento histórico de su compatriota.
Gente corriente. Estamos ante una larga tradición olímpica, donde los momentos dramáticos trascienden las marcas: la historia de la competición está plagada de episodios que superaron en impacto mediático a los propios Juegos. En 1968, los atletas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos levantaron sus puños enguantados en el podio de México, transformando una ceremonia de premios en un gesto político contra la segregación racial. Cuatro años más tarde, los Juegos de Múnich quedaron marcados por el secuestro y asesinato de once atletas israelíes. En 1988, Ben Johnson batió el récord mundial de los 100 metros en Seúl, pero un escándalo de dopaje convirtió su nombre en sinónimo de tramposo.
No hace falta ir tan lejos en el tiempo. En los Juegos de Río 2016 el nadador Ryan Lochte inventó un asalto a mano armada para encubrir un incidente de vandalismo. Y en París 2024, el espionaje con drones del equipo canadiense de fútbol femenino sobre las entrenamientos de Nueva Zelanda generó más titulares que su deporte. Esta necesidad de narrativa humana fue comprendida hace décadas por Roone Arledge, el ejecutivo de la cadena NBC que revolucionó la cobertura televisiva olímpica: decía que para conseguir que el público se interese hay que ofrecerles una participación emocional en lo que están viendo. Y nada más emocional que un caso de infidelidad.
Enganchados a lo imperfecto. Los Juegos Olímpicos nos venden el mito de la perfección absoluta: cuerpos impecables y récords fuera del alcance de los mortales. Sin embargo, la gran paradoja del entretenimiento olímpico es que nos engancha la imperfección: nos fascinan las grietas porque ahí nace la empatía. Las historias que trascienden el deporte son puramente humanas: lo vimos cuando Simone Biles priorizó su salud mental en Tokyo 2020, renunciando al oro; con la resiliencia de Cindy Ngamba, primera medalla para el equipo de los refugiados, y con la arquera Yaylagul Ramazanova, compitiendo embarazada.
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