Europa ha probado con éxito un comando especial contra la mayor amenaza de Rusia: los enjambres de drones submarinos están listos

Miguel Jorge
Miguel Jorge
Durante la Guerra Fría, centenares de submarinos nucleares patrullaban simultáneamente los océanos, convirtiendo el fondo marino en el escenario más silencioso y estratégico del planeta. Hoy, a diferencia del espacio aéreo o terrestre, el dominio submarino sigue siendo uno de los entornos menos cartografiados y más difíciles de vigilar: las comunicaciones viajan más lentas, las señales se distorsionan y la visibilidad es prácticamente nula. 
En ese territorio opaco se está librando una nueva carrera estratégica.
El desafío submarino ruso. Recordaban esta semana en Insider que, mientras la guerra en Ucrania golpea soldados y material ruso a un ritmo difícil de sostener, Moscú busca compensar su inferioridad convencional frente a los 32 miembros de la OTAN reforzando capacidades asimétricas.
Con una flota de más de 60 submarinos, varios capaces de portar misiles balísticos y cabezas nucleares, y el desarrollo de sistemas experimentales como el torpedo autónomo Poseidon o el misil de crucero nuclear Burevestnik, Rusia apuesta por el dominio del dominio submarino como espacio donde puede ocultarse y golpear sin necesidad de igualar la potencia de superficie aliada. Para mandos como el vicealmirante noruego Rune Andersen, el fondo del mar es el último lugar donde todavía se puede esconder una gran potencia, y por eso la OTAN ha redoblado su atención sobre ese ámbito invisible.
El ensayo europeo. En ese contexto, la Agencia Europea de Defensa ha culminado el proyecto Sabuvis II tras cuatro años de trabajo conjunto entre Polonia, Alemania, Portugal y Eslovenia. El objetivo no era desarrollar un simple dron submarino, sino todo un enjambre coordinado de vehículos autónomos capaces de operar como un sistema coherente, compartiendo datos, ajustando formaciones y adaptando misiones en tiempo real en un entorno donde no hay GPS, el ancho de banda es limitado y la latencia elevada. 
Las pruebas en escenarios reales demostraron que estos grupos pueden mantener comunicaciones acústicas autoconfigurables, integrar plataformas de distintos fabricantes mediante estándares comunes y continuar la misión incluso si una unidad falla, lo que transforma la vulnerabilidad individual en resiliencia colectiva.
Un comando especial contra la asimetría. Si se quiere también, Europa ha probado con éxito una suerte de comando especial contra el mayor desafío que presenta Rusia. Frente a la flota de Moscú que confía en la opacidad del océano y en armas de segunda respuesta de alcance casi ilimitado, la lógica del enjambre introduce una nueva capa de vigilancia y control en el subsuelo marino. 
Además, no se trata de un único submarino cazador, sino de múltiples nodos distribuidos capaces de vigilar infraestructuras críticas, puertos y rutas estratégicas, realizar inteligencia y reconocimiento, y reaccionar de forma coordinada ante amenazas. La interoperabilidad entre países y fabricantes demuestra además que la respuesta europea no es fragmentada, sino integrada, un requisito clave en un teatro donde la detección temprana puede marcar la diferencia.
Del submarino invisible al océano monitorizado. Una cosa está clara: Rusia puede no igualar la fuerza convencional aliada, pero su apuesta por la asimetría submarina y nuclear obliga a la OTAN a reforzar el control del dominio subacuático. Con 14 países aliados operando submarinos propios y una creciente inversión en guerra antisubmarina, el objetivo es impedir que el mar vuelva a ser un santuario impenetrable. 
Esos enjambres autónomos añaden una dimensión tecnológica que, a priori, multiplica la presencia sin disparar costes de tripulación ni exponer plataformas tripuladas. En un escenario donde Moscú confía en esconderse bajo el agua para compensar su desgaste en tierra, Europa responde llenando ese espacio de sensores cooperativos capaces de cerrar la brecha entre invisibilidad y detección.
Imagen | Royal Navy
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