Javier Jiménez
Javier Jiménez
Hay un solo dato que resume qué ha pasado en esta país desde el 1 de enero: que las lluvias acumuladas desde el 1 de enero superan el triple del valor normal (para el promedio de los años 1991-2020). Es más, la mayor parte de esas precipitaciones no se han concentrado en el norte (hay zonas de la cornisa Cantábrica que no han recibido apenas agua), sino en el centro, el sur y algunas zonas del nordeste.
A nadie le puede pillar por sorpresa todo esto. Ha llovido lo indecible en España y eso se está notando en cosas como que hay 96 embalses por encima del 90%. Pero lo más interesante no es eso, lo más interesante es por qué está pasando todo esto.
Hablemos de la circulación atmosférica. “Es una barbaridad cómo […] se está comportando en las últimas semanas”, decía el meteorólogo González Alemán hace unos días. Y lleva razón hasta tal punto que “aunque parece haber una tendencia al cambio, aún las piezas encajan como para seguir trayendo ríos atmosféricos con abundante precipitación a la península ibérica”.
Pero lo interesante no es tanto esta anomalía como que “las causas globales que provocan este estado de la circulación (con la sucesión de muchas borrascas y ríos atmosféricos) son desconocidas”. Y, cuando el científico de AEMET, dice ‘desconocidas’, no se refiere a posibles mecanismos o teleconexiones; ni siquiera habla de engranajes concretos. Habla de los culpables de provocar tales mecanismos y engranajes.
Y todo esto viene a propósito de un runrun: que la gente se empieza a plantear si esto es un síntoma de los cambios del océano Atlántico sobre los que llevamos años hablando.
Ya sabemos que el cambio climáticos aumenta los fenómenos extremos. Los datos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) son claros y muestran que, efectivamente, han aumentado desde los años 70. En concreto, se han multiplicado por cinco a lo largo de las últimas cinco décadas.
Según sus cálculos, en los años 80 se registraron 1.400 incidentes —sus tablas incluyen fenómenos meteorológicos, climáticos e hídricos extremos— y en los 90, algo más de 2.200. En la primera década del siglo XXI se alcanzaron los 3.500 y la tendencia seguía en marcha.
Preguntas, preguntas y más preguntas. En este sentido, tiene lógica preguntarnos si el cambio climático está actualizando las probabilidades para que eventos extremos, como estas lluvias, se hagan más frecuentes. ¿Y si llevamos años obsesionados con la desertificación y lo que nos encontramos, de repente, es con una cantidad desproporcionada de lluvia en las zonas más (climáticamente) frágiles de la península?
Parece una buena noticia, pero está llena de problemas. Y es que, como suelo repetir, solemos tener una visión estereotipada del calentamiento global y nos olvidamos dónde supone una diferencia real: en la capacidad de poner en jaque nuestras infraestructuras más críticas. Más lluvia no solo más lluvia, es (como hemos visto estos días) una amenaza terrible que puede obligar a desplazar miles de personas.
¿Vamos hacia allí? Esa es la gran duda, claro. Y González Alemán lleva razón en que no debemos extender cheques causales que la ciencia no está en disposición de pagar. Hay que estudiar todo con detalle para ver qué está pasando realmente.
Pero eso no puede ser una justificación para no hacer nada. Nuestro sistema hídrico acaba de sufrir el mayor tests de estrés de la historia reciente y si no analizamos lo que ha ocurrido, la próxima vez puede pasar cualquier cosa.
Imagen | Junta de Andalucía
En Xataka | La desertificación está devorando el sur de España: Extremadura y Murcia afrontan un futuro completamente seco
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