Javier Lacort
Javier Lacort
En septiembre de 2025, en uno de los pabellones de la IFA de Berlín, la china Dreame presentó un prototipo que parecía sacado de una pesadilla de algún niño de los que vive en un chalé: un robot aspirador montado sobre cuatro patas con orugas, capaz de subir escaleras.
El Cyber X (así lo bautizaron) trepaba un tramo en menos de medio minuto, con pendientes de hasta 42º, mientras los asistentes lo grababan con esa cara que mezcla desconcierto y fascinación al ver algo que no debería moverse así, pero se mueve así.
Unos meses después, en el CES de Las Vegas, el cacharro volvió a ser exhibido, esta vez junto a televisores miniLED, gafas con IA, una máscara de terapia de luz roja, un purificador de aire para mascotas y el boceto (de momento solo un boceto) de un deportivo eléctrico de 1.876 caballos. Todo bajo la misma marca. Ambición de ecosistema.
Dreame tiene ocho años de vida. Para una parte importante del público europeo, un lustro, como mucho. El que lleva siendo visible. Pero según datos de IDC en 2025, ya es la marca número uno en robots aspiradores por volumen de unidades distribuidas en Europa.
Mientras tanto en Massachusetts… iRobot se declaró en quiebra a finales de 2025. La adquirió la china Picea Robotics, quien era acreedor, proveedor y competidor de iRobot. All-in-one desde Shenzhen.
1.500 kilómetros al noroeste desde la sede de Picea, apenas a 100 kilómetros de Shanghái, está la ciudad de Suzhou. La historia de Dreame no se entiende sin Suzhou.
Suzhou es una de esas ciudades chinas que combinan patrimonio milenario con una densidad industrial que desconcierta al extranjero. Es famosa por sus jardines clásicos y también por ser uno de los centros industriales más potentes de la provincia de Jiangsu.
Suzhou tiene un vínculo antiguo con los aspiradores: la industria de electrodomésticos de limpieza lleva arraigada en la zona desde finales de los setenta. Como tantas otras regiones chinas, agrupan fabricantes, a menudo con origen en antiguos empleados de marcas occidentales que instalaron allí sus fábricas.
La sede central de Dreame se llama Zhui Mi Park. Es un complejo de unos veinte edificios situado en la zona económica de Wuzhong, donde la empresa concentra oficinas, laboratorios de I+D, líneas de producción y centros de pruebas. La fábrica de robots aspiradores ocupa 130.000 metros cuadrados y produce más de 9.000 unidades al día.
A poca distancia está la planta de motores de alta velocidad, inaugurada en diciembre de 2020 , que alberga seis líneas de producción con capacidad para cuatro millones de motores al año. Es un modelo verticalmente integrado que recuerda más a la filosofía de un fabricante de automóviles que a la de una marca de pequeños electrodomésticos.
En enero de 2026, por primera vez en su historia, Dreame abrió estas instalaciones a la prensa internacional. Un gesto calculado. La empresa quería mostrar que detrás de la marca hay algo más que un catálogo agresivo de productos: hay ingeniería propia, capacidad de fabricación real y un sistema de pruebas tan obsesivo como el de los sospechosos habituales.
En los laboratorios, cada modelo de aspirador se somete a ciclos de ensayo que simulan tres años de uso doméstico: 300.000 castañazos contra paredes y esquinas, 1.000 horas de recarga, y hasta 2.200 horas de funcionamiento continuo del ventilador para medir consumo, corriente, voltaje y estabilidad térmica. Las instalaciones permiten probar hasta 740 unidades a la vez en ciclos de entre 3.000 y 5.000 horas.
“Recibir a la prensa europea en nuestras oficinas centrales por primera vez supone un hito relevante en el recorrido de Dreame en Europa”, dijo Sean Chen, director de Dreame para Europa Occidental, durante una sesión con periodistas en Suzhou.
La frase suena a lugar común (y lo es), pero el contexto le da peso: Europa representa más del 60% de las encuestas de usuario que la empresa realiza antes de diseñar un nuevo producto. No es su mercado más grande en cifras absolutas, pero sí el que más condiciona lo que fabrican. Un poco en esa línea de “consumidores premium” que a veces admitimos farfullando viendo lo que hacen los otros dos grandes bloques, el asiático y el americano.
Yu Hao, fundador y CEO de Dreame, tiene el perfil que la narrativa tecnológica china valora más que ningún otro: el del ingeniero brillante que sale de una universidad de élite. Ganador de la Olimpiada de Física y licenciado en mecánica de fluidos computacional por la Universidad de Tsinghua (la más prestigiosa del país), Yu Hao fundó en 2009 Sky Workshop, considerado el primer hackerspace universitario de China.
De aquel laboratorio improvisado, que llegó a contar con patrocinio de Boeing, salieron varios de los ingenieros que después formarían el núcleo de Dreame, algunos procedentes del programa espacial Shenzhou 6.
La obsesión de Yu Hao siempre fueron los motores.
La reacción del equipo, según cuentan dentro de la empresa, fue duplicar inmediatamente el objetivo: si habían alcanzado las 100.000 revoluciones por minuto, ahora apuntarían a 200.000. Hoy Dreame afirma haber logrado esa cifra, lo que convertiría sus motores en los más rápidos del mundo para esta aplicación.
La empresa se constituyó formalmente en 2017 y a finales de ese año se incorporó al ecosistema de Xiaomi, el programa mediante el cual el gigante chino invierte en startups y les ofrece acceso a su cadena de suministro, sus estándares de calidad y su red de distribución a cambio de producir dispositivos bajo la marca Xiaomi. Un viejo conocido para el consumidor tecnológico español.
Fue un trampolín intencional, porque Dreame fabricó aspiradores para Xiaomi mientras construía su propia marca. En mayo de 2019 dio el salto a la venta directa al consumidor, manteniendo su independencia tecnológica (tiene más de 3.000 patentes concedidas y otras 8.000 en trámite) pero aprovechando el músculo industrial que la relación con Xiaomi le había proporcionado.
En la entrevista con periodistas europeos en Suzhou, Sean Chen repitió varias veces una expresión que parece funcionar como lema interno: ‘Dreame speed’. “He trabajado en otras empresas en el pasado, pero la velocidad de Dreame es algo realmente asombroso”, dijo. “Incluso hoy, con un equipo de más de 300 personas en Europa, la eficiencia no ha cambiado en absoluto. Todas las decisiones tienen que tomarse en un día laborable“.
La velocidad no es solo retórica.
Esa cadencia de innovación anual –un nuevo hito técnico cada temporada– es lo que ha permitido a Dreame escalar posiciones en un mercado donde sus rivales directos, Xiaomi, Roborock y Ecovacs, también son chinos y también son agresivos. Mucho.
La diferencia, argumentan desde la empresa, está en la integración vertical: al fabricar sus propios motores y controlar el proceso desde el diseño hasta el ensamblaje, pueden iterar más rápido que los competidores que dependen de proveedores externos.
Chen lo formuló de manera más directa cuando un periodista le preguntó por los pilares del éxito europeo: “Muchos fabricantes chinos, cuando llegan a Europa, no quieren realmente conocer las demandas de sus socios de canal. La mayor parte del tiempo, ante los requerimientos de estos socios, la respuesta es ‘no’. Nosotros somos bastante diferentes. Entendemos que es un mercado muy competitivo e intentamos cumplir al máximo con lo que nos piden”.
La otra pata es la escucha directa al consumidor de la que presumen constantemente. “Tenemos muchos ingenieros siguiendo de cerca los grupos de redes sociales, los foros, Facebook, Instagram, etc. para entender cuál es la demanda real del cliente final”, explicó.
El ejemplo que puso es singular y conecta con el inicio de este reportaje: la tecnología de extensión del brazo robótico nació porque algunos usuarios en foros europeos se quejaban de que ningún robot limpiaba bien las esquinas. “Basándonos en eso, desarrollamos paso a paso la tecnología. Usamos muchos enfoques diferentes, pero lo hicimos realidad en menos de un año para satisfacer esa demanda”.
Y entonces llegamos a la pregunta incómoda. Porque si Dreame fuese solo una historia de robots aspiradores hechos en Suzhou que han conquistado Europa en tres años, sería notable pero quizás comprensible. Lo que desconcierta es lo que vino después.
En el CES de enero de 2026, la empresa mostró un catálogo que incluía lavadoras, lavavajillas con brazo mecánico, frigoríficos con sistema de bebidas carbonatadas, aires acondicionados inteligentes, los mencionados televisores miniLED, anillos inteligentes, relojes de monitorización de salud, gafas con IA, cámaras de acción sumergibles, robots cortacésped y limpiadores de piscina. Y el Nebula NEXT 01, el prototipo de hiperdeportivo eléctrico con cuatro motores, 1.876 caballos y una aceleración de 0 a 100 en 1,8 segundos.
Pocas semanas después, Dreame redobló la apuesta de un modo desconcertante incluso para quienes llevamos tiempo viéndoles venir: durante la Super Bowl, es decir, en el escaparate publicitario más caro del mundo, la empresa emitió un anuncio de 30 segundos en el que un aspirador, un cortacésped y un deportivo verde se transformaban en robots que lanzaban una bola de fuego.
Según la empresa, la pieza costó 10 millones de dólares. El protagonista del spot no era ninguno de los productos que Dreame vende en Estados Unidos, sino el Nebula que encabeza estos párrafos. El hiperdeportivo eléctrico que en ningún caso llegará al mercado antes de 2027. Y que en la práctica tiene la entrada al mercado estadounidense bloqueada por los aranceles del 100% que Trump impuso a los eléctricos chinos.
Diez-millones-de-dólares para anunciar un coche que todavía no existe en un país donde no lo podrán vender. Y no porque sean unos tolilis con dinero, la lectura es más simple: quieren exhibir poderío. Y gastar esa cantidad en un anuncio así, como declaración de intenciones, es difícil de superar.
Reuters explicó además que Dreame estudia construir una planta en Brandeburgo (Alemania) y está reuniendo un equipo de unos 1.000 profesionales del sector automovilístico, integrando IA y funciones de conducción inteligente en sus vehículos.
Un periodista europeo confrontó directamente a Chen durante la sesión en Suzhou: “Hay empresas que llevan dos décadas en el mercado de electrodomésticos para llegar donde están. Puede que estéis comunicando que queréis hacerlo todo y que en realidad estéis perdiendo el foco real, que son los aspiradores”. La pregunta fue formulada con diplomacia, pero el filo era evidente.
Chen no esquivó del todo: “Es normal que tengáis ese tipo de preocupación. Xiaomi hace lo mismo, otras empresas hacen lo mismo, y el mercado está lleno de grandes empresas en este espacio”. Pero añadió un matiz que merece atención: “La filosofía detrás de todo esto es que no reutilizamos los recursos existentes. Para las nuevas categorías usamos nuevos recursos, nuevo personal, nueva inversión, de modo que no impacte en el negocio actual. Para cada nueva categoría tenemos un equipo completamente nuevo: nuevo marketing, nuevo equipo de ventas, nueva gestión de producto”.
Un recadito a quienes apuestan por crecer en horizontal sin sumar recursos. La referencia a Xiaomi, por cierto, cierra un círculo: en septiembre ya anticipamos que su llegada a España iba a ser con una estrategia muy similar a lo de la empresa de Lei Jun.
Luego ofreció una declaración de intenciones que revela tanto la ambición como la confianza (o temeridad) de la dirección:
Sobre los smartphones, Chen confirmó que en 2026 introducirán un modelo mediante un esquema de desarrollo conjunto con un fabricante chino de primer nivel, un formato que les permite entrar en la categoría sin asumir el coste de construir una fábrica de teléfonos desde cero.
Así que habrá móviles Dreame.
Toda narrativa de éxito tiene costuras, y las de Dreame son visibles si se sabe dónde mirar.
La más evidente es el servicio postventa. En conversaciones de Reddit, las quejas de compradores europeos y estadounidenses son recurrentes y a menudo virulentas: tiempos de espera largos, conversaciones que mueren en chatbots de IA, imposibilidad de contactar con un ser humano… “Me encantan sus productos, pero su servicio es horrible para el precio que cobran”, dice un usuario en un hilo que acumula varios testimonios similares.
Sean Chen fue sorprendentemente transparente al respecto: “Diría que en los últimos dos o tres años, nuestro negocio se ha desarrollado demasiado rápido y, desde el punto de vista del servicio, ha sido un poco difícil seguir el ritmo del desarrollo del negocio. Es normal. Es algo que la mayoría de las marcas nuevas de crecimiento rápido afrontan”.
Y añadió algo que sugiere un cambio de prioridades: “En el pasado, la prioridad era asegurar una buena experiencia del cliente pero con el coste bajo control. Un equilibrio. Pero al tener los resultados actuales (hablamos de más de 4.000 millones a nivel global), el equilibrio entre coste y experiencia del cliente ya no será la prioridad. La prioridad será la experiencia del cliente. A finales de 2025, reestructuramos nuestra estrategia y el servicio postventa es ahora la máxima prioridad”.
En términos concretos, la empresa ha ampliado su red de centros de servicio en Europa (actualmente diez, con nuevas incorporaciones en Alemania y España), ha mejorado los tiempos de entrega de piezas de repuesto, algo identificado como uno de los mayores cuellos de botella, y ofrece una garantía de tres años en sus modelos insignia. Pero el servicio sigue siendo externalizado.
“Construir nuestra propia capacidad requiere tiempo”, reconoció Chen. “Tenemos ese plan para el futuro, pero actualmente la vía que usamos es incrementar las alianzas con proveedores de servicio de primer nivel”.
Hay algo sutil en que Dreame insistiese tanto en llevar periodistas a Suzhou. No a Shanghái, que está al lado y es infinitamente más fotogénica y tentadora. No a Shenzhen, la meca tecnológica del sur. A Suzhou, a su fábrica, a sus laboratorios, a sus líneas de ensamblaje.
El mensaje implícito es que Dreame no quiere ser percibida como una marca de marketing que externaliza la producción, el patrón habitual de muchas marcas chinas que explotan en Occidente y luego se desinflan cuando los problemas de calidad aparecen.
Quiere ser percibida como lo que técnicamente es: una empresa de ingeniería que fabrica. Que el 60% de sus más de 18.000 empleados trabaje en I+D es la estructura que sustenta la cadencia de innovación que les ha llevado hasta aquí.
Pero la pregunta que sobrevuela la visita a Zhui Mi Park es si esa misma estructura puede sostener una expansión hacia 30 líneas de producto que incluyen televisores, lavadoras y un hiperdeportivo eléctrico. Quizás después incluso móviles, si el acercamiento vía proveedor les sale bien.
La historia de la tecnología está llena de empresas que hicieron una cosa extraordinariamente bien y que, embriagadas por su propio éxito, intentaron hacerlo todo.
Cuando se le preguntó directamente si la diversificación podía confundir al consumidor, Chen respondió con una anécdota: “Quizá algunos de vosotros conozcáis bien [la marca] Mova. Hace dos o tres años, mucha gente era escéptica sobre por qué creábamos esta marca. Pero a medida que el negocio ha crecido y ha obtenido buenos resultados en algunos países, el escepticismo ha cesado. No queremos explicar demasiado cómo o por qué vamos a tener éxito. La filosofía de nuestra empresa es hacerlo directamente“.
Es una respuesta que dice mucho. La cultura interna de Dreame parece operar bajo un principio que podría resumirse así: primero ejecutamos y luego ya daremos explicaciones. Si eso. “La innovación que cambia las reglas del juego no llega en un segundo”, dijo Chen. “Necesita tiempo para formarse”. Es la misma lógica que aplicaron con los aspiradores: el L20 con brazo robótico distaba de ser perfecto en su primera generación, pero sí fue lo bastante bueno como para establecer la categoría. Y las iteraciones posteriores hicieron el resto.
La cuestión es si esa lógica, muy válida en un mercado como el de la limpieza robótica, donde la innovación técnica es el principal diferenciador, se traslada igual a categorías donde la marca, la distribución y la experiencia acumulada pesan mucho más. Un frigorífico no es un robot aspirador. Un smartphone, aún menos. Y desde luego un coche eléctrico de 1.876 caballos no es ninguna de las dos cosas.
Yu Hao, el fundador, escribió una vez en una carta interna que la ambición de Dreame era convertirse en “la Apple de China”. Es una comparación que muchas empresas chinas han invocado antes, pero que en el caso de Dreame tiene una capa extra de significado: Apple también empezó fabricando una sola cosa extraordinariamente bien antes de expandirse. La diferencia es que Apple tardó muchos años en empezar a diversificarse, y cuando llegó el momento, lo fue haciendo poco a poco. Dreame pretende hacer un fast-forward en muy pocos años.
Desde Suzhou, entre fábricas de 130.000 metros cuadrados y laboratorios donde los robots se estampan 300.000 veces contra una pared, la ambición parece no solo legítima sino inevitable. Cuando vives en un país cuya economía crece al 6% y la promesa de un mañana mejor se materializa quinquenio sí quinquenio también, el afán es irremediable.
Vista desde fuera, desde el mercado europeo donde un comprador suspicaz lleva tres semanas esperando una pieza de repuesto, la perspectiva es necesariamente distinta. Dreame ha demostrado que sabe construir productos. La pregunta es si sabe construir la empresa que esos productos necesitan. El tiempo nos lo dirá.
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