Durante dos siglos se creyó que el tomate mataba a los ricos, mientras el pueblo lo comía sin problema

Hoy resulta casi imposible imaginar la cocina mediterránea sin el tomate, un alimento valorado por sus beneficios nutricionales y sus propiedades antioxidantes, anticancerígenas y como preventivo para el envejecimiento celular.

Sin embargo, su integración en la dieta europea fue un proceso lento y lleno de obstáculos, marcado por un fenómeno que lo estigmatizó durante siglos al tacharlo como alimento venenoso que podía causar la muerte, especialmente entre los ricos. Curiosamente, los pobres parecían inmunes a su supuesto veneno.

La historia del tomate esconde un fenómeno que desafió la lógica de la época, pues parecía actuar como un verdugo selectivo capaz de distinguir el estatus social de quien lo comía. Mientras que los campesinos y las clases populares lo consumían sin sufrir daño alguno, los ricos aristócratas y adinerados comerciantes enfermaban gravemente e incluso morían tras su ingesta, lo que consolidó la creencia de que se trataba de un fruto venenoso y maldito.

La clave de este misterio médico no reside en la composición biológica del tomate, sino en la química de los utensilios utilizados por los ricos europeos a la hora de servir y preparar este alimento. Las clases altas del siglo XVIII tenían la costumbre de servir sus banquetes en vajillas de peltre, una aleación metálica apreciada por su brillo y semejanza con la plata, compuesta principalmente por estaño y cobre, pero con un alto contenido de plomo.

A diferencia de los ricos, las clases humildes no podían permitirse estos lujos y comían en sencillos platos de madera, arcilla o cerámica tosca, materiales químicamente inertes ante los alimentos. El problema era que, cuando la acidez natural del tomate entraba en contacto con la superficie de los platos de peltre, su interacción provocaba una reacción química que lixiviaba el plomo de la aleación, liberando este metal pesado directamente en la comida.

Como resultado, los aristócratas sufrían envenenamiento por plomo (saturnismo), cuyos síntomas eran atribuidos erróneamente a la toxicidad de los tomates y no al plato en el que se servía, otorgándole al tomate el sobrenombre de “manzana envenenada” durante más de 200 años.

El rechazo al tomate en la Europa de los siglos XVII y XVIII no se debía únicamente a las víctimas adineradas, sino que venía respaldado por la ciencia botánica de la época, que lo clasificó bajo una familia de plantas con pésima reputación: las solanáceas. Los naturalistas identificaron al tomate como miembro de las solanáceas, el mismo grupo al que pertenecen plantas famosas por su toxicidad como la belladona, el beleño o la mandrágora. Esta asociación botánica fue suficiente para que médicos y estudiosos asumieran que el nuevo fruto originario de las Américas compartiera las propiedades mortales de sus parientes lejanos.

Esta clasificación botánica reforzó el miedo irracional hacia la planta, vinculándola no solo con el veneno que a todas luces estaba matando a los más ricos, sino con peligros espirituales y morales propios de la época. La mandrágora, en particular, estaba fuertemente asociada a la brujería y a rituales oscuros debido a sus efectos narcóticos y la forma antropomorfa de sus raíces. Al colocar al tomate en este mismo saco biológico, se le transfirieron todas las connotaciones negativas y supersticiones que rodeaban a las plantas utilizadas en las artes oscuras.

Tal y como señalaban en National Geographic, el herborista John Gerard fue uno de los responsables de fijar esta imagen negativa en la mente colectiva, dejando por escrito en su obra Herball de 1597 una sentencia demoledora. Gerard describió la planta afirmando que producía “frutos corruptos y venenosos”, una declaración que, viniendo de una autoridad en la materia, cimentó el terror hacia el tomate en Gran Bretaña y sus colonias durante siglos.

A pesar de que en España e Italia el tomate comenzó a aceptarse antes debido a la influencia de las costumbres traídas de América, en el norte de Europa la sombra de la sospecha perduró mucho más tiempo. Fue necesario que la química moderna explicara la reacción del peltre y que la botánica refinara sus clasificaciones para que el tomate pudiera, finalmente, limpiar su nombre y ocupar el lugar que hoy tiene en nuestras mesas, sin importar si eres rico o pobre.

**REDACCIÓN FV MEDIOS**

Derechos Reservados FGJ MULTIMEDIOS 2024