Los estrechos de Tirán solo tienen 13 kilómetros, una distancia tan escasa que permite distinguir la playa al otro lado. Sin embargo, en la práctica, esa pequeña distancia entre la península del Sinaí en Egipto y Arabia Saudí supone conducir 1.600 kilómetros o tomar un ferry durante varias horas.
Arabia Saudí tiene un plan para unir ambos continentes: la ‘Calzada del Rey Salman’, llamada así por el monarca Salman bin Abdulaziz. Se trata de una megainfraestructura para cruzar el mar Rojo que combinará una calzada y un ferrocarril de 32 kilómetros, enlazando Ras El Sheikh Hamid (Arabia Saudí) con Sharm el-Sheikh (Egipto).
También conocido como el ‘Puente de Moisés’, el proyecto tiene un costo estimado de 4.000 millones de dólares, financiados íntegramente por Arabia Saudí. La empresa adjudicataria encargada de materializarlo es China Civil Engineering Construction Corp. Más allá del simbolismo, este puente terrestre transcontinental tiene un gran valor estratégico para la economía de las partes implicadas.
Integrado dentro del plan Visión 2030 de Arabia Saudí para potenciar el turismo y la diversificación económica, esta megaestructura cambiaría la geopolítica regional al abrir un nuevo corredor entre Asia y Europa por el norte de África, convirtiendo a Arabia Saudí en un eje logístico.
El turismo también se vería beneficiado: las estimaciones iniciales apuntan a que el turismo egipcio podría pasar de 300.000 personas al año a 1,2 millones. Además, constituiría una vía ágil para llegar al noroeste de Arabia Saudí, donde se construye la megaciudad NEOM, y sería una zona de paso para la peregrinación a la Meca. La planificación estima una recuperación de la inversión en unos 10 años.
Con más de 30 kilómetros de largo sobre el mar, la obra contará con carreteras y una línea ferroviaria para transportar mercancías y personas en trenes de alta velocidad. Será una construcción híbrida que combine puentes y túneles sumergidos para esquivar las zonas más profundas. Para permitir el paso de barcos, tendrá secciones de hasta 75 metros de altura.
Para el puente se usarán caissons, enormes tubos de acero colocados en el lecho marino. Para el túnel se combinarán máquinas tuneladoras con el hundimiento de segmentos prefabricados. Las estimaciones iniciales indican que la obra podría durar una década.
El Mar Rojo presenta desafíos de ingeniería infernales. El área de paso de la calzada registra profundidades de casi 300 metros, donde los pilares tradicionales no sirven. Las temperaturas superan los 40°C, lo que afecta al fraguado del hormigón y a la dilatación térmica del acero. Se requerirán aleaciones especiales, protecciones catódicas y diseños específicos para absorber las dilataciones.
El mar alberga arrecifes de coral, una gran diversidad marina con especies en peligro como el dugongo, y es zona de anidación de tortugas. La construcción implica riesgos de contaminación acústica, sedimentos letales para el coral y modificación de corrientes. La ONG ambiental HEPCA ha dado su visto bueno condicionado a estudios ambientales rigurosos y a esquivar las zonas de arrecifes más sensibles.
La primera propuesta formal de un puente data de 1988. Un intento serio en 2004 fue paralizado por presiones de Israel. La idea resucitó en 2016 de la mano del actual monarca saudí. La estabilidad política y diplomática más allá de 2030 será crucial para un proyecto de esta envergadura y duración, en una zona propensa a turbulencias. Aunque Arabia Saudí sufrague la construcción, ambos países asumirán los costes de operación y mantenimiento.
**REDACCIÓN FV MEDIOS**