Alba Otero
Alba Otero
Justo cuando en España empezábamos a respirar aliviados, convencidos de haber superado el trauma inflacionista de 2022 “tras cortar lazos energéticos” con Rusia, la historia se repite. Esta semana ha comenzado un “lunes negro” que ha sacudido los mercados internacionales. Esta vez el epicentro no está en el este de Europa, sino en el Golfo Pérsico, tras los recientes ataques que han obligado a paralizar las instalaciones de QatarEnergy.
El impacto en nuestro país ha sido fulminante. Según los datos recogidos en OMIE, el precio de la electricidad en el mercado mayorista ha pegado un salto del 60% en apenas 24 horas, escalando hasta los 90,14 euros el megavatio hora (MWh). Para ponerlo en perspectiva, esto supone un encarecimiento del 1.300% respecto a lo que pagábamos hace solo un mes. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ya ha advertido de que debemos prepararnos para una “guerra larga” con graves consecuencias económicas globales. Y el miedo ya se palpa en la calle con las colas largas que ayer observamos de conductores intentando llenar el depósito en gasolineras low cost antes de que los precios sigan subiendo.
Si sube el gas, ¿por qué sube la luz? Para entender por qué un conflicto a miles de kilómetros encarece nuestra luz casi al instante, hay que mirar cómo funciona nuestro sistema. Como explica El Confidencial de forma muy didáctica: el mercado eléctrico europeo es “marginalista”. Esto significa que la tecnología más cara que se necesita usar para cubrir la demanda de un día concreto es la que marca el precio final de toda la energía. Si el sol o el viento no son suficientes y hay que encender las centrales de gas, toda la electricidad se paga al precio del gas.
Y el gas, ahora mismo, está atrapado en un embudo bélico. Como ya hemos explicado estos días, por el Estrecho de Ormuz (el epicentro de la tensión actual) transita el 20% del gas natural licuado (GNL) y el 25% del petróleo mundial. Cualquier amenaza de bloqueo en esa zona genera un efecto dominó que dispara los precios de referencia en Europa. El experto energético Joaquín Coronado explicaba en LinkedIn que este pánico ya es real: los precios de los futuros eléctricos para el resto de 2026 han subido de golpe un 24%. Como él mismo señala, “solo ha cambiado el precio del gas”, pero eso basta para arrastrar a todo el sistema.
El golpe en el bolsillo. Toda esta macroeconomía aterriza directamente en la cuenta bancaria de los ciudadanos. Según señala El País, hay más de 11 millones de usuarios en España que tienen tarifas reguladas (el PVPC en la luz y la TUR en el gas) que van a notar esta subida casi de inmediato, ya que sus contratos reflejan los vaivenes diarios del mercado.
Los cálculos sobre lo que nos va a costar esta crisis ya están sobre la mesa:
Pero la energía es solo la primera ficha del dominó. Financial Times recoge las advertencias del economista jefe del Banco Central Europeo (BCE), que ya asume un repunte a corto plazo de la inflación general. Al subir el petróleo, sube el transporte: desde los carburantes en el surtidor (las gasolineras ya asumen sobrecostes de 12 céntimos por litro) hasta los fletes marítimos de mercancías y los billetes de avión, que en algunas rutas a Asia han cuadruplicado su precio.
Entonces, ¿estamos igual que en 2022? La buena noticia es que no estamos exactamente en la misma casilla de salida que cuando estalló la guerra de Ucrania. Tal y como analiza elDiario.es, España cuenta hoy con tres “colchones” que amortiguan el primer impacto: la llegada de la primavera (que reduce el uso de calefacción), unos embalses llenos al 83% (que permiten generar mucha energía hidroeléctrica barata) y un mix eléctrico donde más del 50% de la energía ya es renovable. Además, la fórmula del PVPC se reformó recientemente para que no dependa solo del mercado diario, suavizando un poco los picos extremos.
La mala noticia es que hemos cambiado un problema por otro. Para dejar de depender de Rusia, nos echamos en brazos de Estados Unidos. Como advierte el economista José Carlos Díez en la cadena Onda Cero, el 44% del gas que consumimos hoy viene de EEUU. Esto nos sitúa en una posición de extrema vulnerabilidad ante el nuevo “cisne negro” geopolítico: el enfado de Donald Trump. La negativa del Gobierno español a ceder las bases militares de Rota y Morón para la ofensiva contra Irán ha provocado que Trump amenace con cortar todo el comercio con España. Si Estados Unidos cierra el grifo de los barcos metaneros, avisa José Carlos Díez, España no tiene capacidad física ni infraestructuras para sustituir a un proveedor que nos da casi la mitad de nuestro gas de un día para otro.
El escudo social y nuestros deberes pendientes. Ante la amenaza de que la crisis se enquiste, el Gobierno ya mueve ficha. Según Expansión, si el conflicto dura más de cuatro semanas, el Ejecutivo de Pedro Sánchez tiene sobre la mesa reactivar el “escudo social” de crisis anteriores: rebajas en el IVA de la electricidad, bonificaciones a los carburantes y ayudas directas.
Sin embargo, los parches fiscales no ocultan los problemas de fondo. En Xataka hemos puesto el dedo en la llaga sobre dos grandes absurdos de nuestro sistema. Por un lado, somos una “isla energética” ya que tenemos siete plantas regasificadoras capaces de recibir barcos de todo el mundo y ayudar a Europa, pero no tenemos los gasoductos (los tubos) necesarios para cruzar los Pirineos y enviar ese gas al resto del continente.
Por otro lado, sufrimos un atasco renovable incomprensible. Aunque producimos muchísima energía solar y eólica, a veces tenemos que tirarla porque la red eléctrica está colapsada burocráticamente y, sobre todo, porque carecemos de baterías a gran escala para guardar esa energía para cuando no hace sol o viento. Como resume gráficamente a Xataka el CEO de la empresa SotySolar, José Carlos Díaz Lacaci: “Estamos aplicando reglas de una autopista de sentido único a un sistema bidireccional”.
Una transición a medias. Hace cuatro años aprendimos a golpes el peligro de depender de un gasoducto ruso y lo cambiamos por los barcos de gas licuado de Estados Unidos y Qatar. Hoy, descubrimos que solo hemos sustituido una vulnerabilidad por otra. Mientras necesitemos quemar gas para encender la luz o poner la lavadora, nuestro bolsillo seguirá siendo rehén de la geopolítica internacional; ya sea por culpa de un dron sobre el Estrecho de Ormuz o por una pataleta comercial en el Despacho Oval. La verdadera autonomía estratégica de España no llegará el día que firmemos mejores contratos internacionales, sino el día en que logremos almacenar nuestra propia energía renovable.
Imagen | Freepik y Goran_tek-en
Xataka | La UE tiene un plan perfecto para asfixiar a Rusia. El problema es que ahora necesita su petróleo para sobrevivir
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