Galicia demuestra que el futuro de la industria no está bajo tierra, extrayendo recursos finitos, sino en la capacidad de rescatar lo que ya se ha utilizado. En un contexto global obsesionado con la descarbonización, el municipio de Coirós, en A Coruña, se posiciona como una potencia del aluminio “eterno”.
Según detalla la propia compañía, Cortizo ha invertido 38 millones de euros en una nueva planta de reciclaje diseñada para absorber los residuos de aluminio y devolverlos al mercado como material nuevo. Se trata de una superficie de 29.000 metros cuadrados donde equipos de operarios, protegidos con trajes aluminizados, supervisan hornos de fundición y sistemas de trituración de última generación.
Tras un periodo de pruebas este verano, la planta ha iniciado oficialmente su actividad y ya está lista para alcanzar su plena capacidad operativa. Es la respuesta gallega al reto de la escasez de materias primas: dejar de depender de la minería para confiar en la eficiencia del reciclaje.
La directora general de la firma, Raquel Cortizo, insiste en que esta apuesta por la circularidad no es una moda pasajera. Según detalla el medio especializado Retema, la compañía ya fue pionera en los años 90 al poner en marcha su fundición en Padrón. En aquel momento, cuando el concepto de “economía circular” apenas se mencionaba, Cortizo ya se convertía en la primera empresa en España en cerrar el ciclo productivo completo.
Sin embargo, el salto actual es de otra escala. Las nuevas instalaciones tienen capacidad para producir 100.000 toneladas anuales de tocho de aluminio reciclado. El impacto ambiental lo resume La Voz de Galicia: este volumen de producción evitará emitir más de un millón y medio de toneladas de CO2 al año. Para ponerlo en perspectiva, la compañía estima que equivale a dejar de emitir los gases generados durante un año por todo el turismo de las provincias de A Coruña y Pontevedra juntas.
La planta trabaja con lo que técnicamente se conoce como “chatarra posconsumo”: desde ventanas y fachadas viejas hasta ruedas de bicicleta o estructuras de carpas que han terminado su vida útil. El proceso se divide en dos fases críticas: una de trituración y clasificación, y otra de fundición y conformado en tochos.
Este producto se presenta en cilindros de siete metros de largo. Lo más destacable es su huella ambiental: su fabricación consume un 95% menos de energía que la obtención de aluminio primario. Es, en esencia, un material que ahorra energía mientras se fabrica.
La planta de Coirós es la punta de lanza de una estrategia mayor. La empresa ha invertido 228 millones de euros en la comunidad solo en el último lustro. Proyectos como el Campus Tecnológico o la ampliación de sus fábricas en Padrón se consolidan ahora con este nuevo centro.
La relevancia de este “aluminio gallego” ya se nota en los hogares de todo el país. La empresa señala, en uno de sus comunicados de prensa, la alianza con la promotora Metrovacesa, que ya instala estas soluciones 100% recicladas en 14 promociones de viviendas en ciudades como Madrid, Barcelona o Sevilla. Es el ciclo perfecto: el aluminio que se recupera de una reforma o un desguace vuelve a Coirós para terminar sosteniendo las ventanas de los nuevos hogares del país.
Galicia ha encontrado en el aluminio una vía para liderar la transición ecológica sin renunciar a su identidad fabril. La planta de Coirós es la prueba de que la industria puede ser limpia, eficiente y, sobre todo, infinita. El mensaje que sale de estas instalaciones es claro: en un mundo de usar y tirar, Galicia ha decidido que nada se pierde y todo se transforma.
**REDACCIÓN FV MEDIOS**