Javier Lacort
Javier Lacort
Pedro Sánchez ha prometido desde Dubái cinco medidas contra las plataformas digitales: responsabilidad penal para directivos, prohibición de acceso a menores de 16 años y tipificar como delito la manipulación de algoritmos.
El paquete suena grandilocuente, pero lo más relevante no está en los detalles técnicos ni en su viabilidad parlamentaria.
La panorámica. Estamos viendo el inicio de la “tabaquización” del smartphone incluso a nivel institucional. En la sociedad empezó hace unos años. Las redes sociales son el objetivo declarado, pero la puerta de entrada es el dispositivo.
El patrón. Lo hemos visto antes. Hubo un tiempo en que fumar en un avión era normal, achisparse durante el embarazo no generaba alarma social, era aceptable viajar con cuatro niños apiñados detrás en el coche y el azúcar era simplemente un placer inocente. En todos los casos, el cambio siguió una secuencia similar:
Dónde estamos. Ahora mismo, en la fase 2 y acercándonos a la 3. Las evidencias sobre el impacto del móvil en la atención y el rendimiento de los menores van creciendo. Pero eso ya no importa demasiado.
Lo que importa es que una mayoría creciente de padres, educadores y ciudadanos ha llegado a la convicción de que algo va mal. Cuando preguntas si los niños pasan demasiado tiempo con el móvil, casi nadie dice que no.
Entre líneas. Los políticos no suelen liderar estos cambios de conciencia, simplemente los detectan y los amplifican. Sánchez no ha inventado la preocupación por las redes sociales, solo ha olido que el viento sopla en esa dirección y se ha colocado delante de la corriente.
Es lo que hacen los gobiernos cuando intuyen que una causa tiene más apoyo que detractores: terreno fértil para anunciar algo que generará simpatías.
El contraste. Hace apenas una década, criticar las redes sociales te colocaba en el bando de los tecnófobos, los boomers desconectados, los que no entendían el progreso. Hoy esa posición se ha invertido casi por completo.
Defender que un niño de 12 años tenga acceso ilimitado a TikTok empieza a ser motivo de malas miradas casi unánimes. El que antes era mainstream ahora es el que tiene que explicarse. Ver hoy a un niño (o no tan niño) pasarse la cena haciendo scroll para encadenar vídeos provoca una reacción distinta a hacerlo hace siete años. Dentro de otros siete años seguramente será aún más diferente.
Sí, pero. La analogía con el tabaco tiene sus límites porque el móvil no es solo un vector de adicción, es también una herramienta de comunicación, aprendizaje y socialización.
Prohibir el acceso a menores de 16 años suena razonable hasta que piensas en cómo un adolescente de 15 años coordina hoy sus trabajos de clase o queda con sus amigos. La regulación que viene tendrá que ser algo más quirúrgica que la del tabaco, que simplemente se prohibió en espacios cerrados.
La gran pregunta. O grandes preguntas. ¿Recordaremos esta época como recordamos ahora las fotos de médicos fumando en hospitales? ¿Mirarán nuestros hijos con incredulidad las imágenes de familias enteras mirando pantallas en un restaurante, cada uno absorto en su propio feed?
Si el patrón se repite, probablemente sí. Que las medidas que acaba de anticipar Sánchez prosperen o no es lo de menos. Lo que importa es que ha leído correctamente hacia dónde se mueve la conversación.
En Xataka | Meta, Google y TikTok han condenado a toda una generación al “doomscrolling”. Y ahora van a ser juzgadas por ello
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