Ucrania despliega soluciones creativas contra drones rusos: un buggy con misiles y un dron con ‘caña de pescar’

La guerra de drones se ha convertido en una guerra de volumen, lo que obliga a Ucrania a encontrar soluciones que funcionen repetidamente. Si Rusia lanza oleadas de Shaheds y aparatos señuelo para saturar, la respuesta no puede depender siempre de misiles caros, radares pesados o sistemas escasos. Los últimos inventos son el mejor ejemplo.

Lo que emerge es una defensa aérea “de campaña”, móvil y pragmática, donde lo decisivo no es el diseño perfecto, sino la capacidad de reaccionar rápido, moverse más rápido aún y derribar lo suficiente para que el cielo siga siendo utilizable.

En ese marco, dos ideas aparentemente absurdas (un coche ligero armado con misiles guiados y un dron interceptor con lo que parece una caña de pescar) muestran una lógica implacable: si el enemigo convierte el aire en una autopista de amenazas baratas, tú conviertes el derribo en un gesto simple, repetible y adaptable.

La primera sorpresa es una plataforma que parece más propia de una patrulla improvisada que de una batería antiaérea: un vehículo ligero de cuatro ruedas, tipo buggy todoterreno, capaz de moverse por barro, campo abierto o carretera y lanzar misiles guiados desde un doble lanzador montado en la parte trasera. Su valor no está solo en disparar, sino en llegar a tiempo: los Shaheds vuelan por encima de los 160 km/h y el margen entre detectar, posicionarse y tirar es mínimo, así que la movilidad se vuelve una condición de supervivencia operativa.

En vez de esperar al dron, esta defensa aérea sale a buscarlo, se coloca donde conviene, lanza y vuelve a moverse. Que una sola dotación haya acumulado más de veinte derribos sugiere que, al menos en ciertos sectores, el sistema funciona como herramienta de “cierre rápido del cielo”, un tipo de caza antiaérea que no necesita grandes infraestructuras para producir resultados.

El detalle técnico más llamativo es el tipo de munición: por su forma, el lanzador recuerda a los Hellfire estadounidenses, misiles pensados originalmente para plataformas aéreas como helicópteros o drones armados, y que en variantes avanzadas pueden actuar en modo “dispara y olvida” gracias a guiado por radar. Sobre el papel, es un salto enorme frente a soluciones de emergencia como ametralladoras montadas en camiones, que sufren cuando el enemigo sube altitud, aumenta número y complica el enganche.

Pero aquí aparece la tensión central de esta guerra: derribar un dron relativamente barato con un misil comparativamente caro es, en términos económicos, una decisión incómoda. Aun así, la guerra no se decide solo por el coste unitario, sino por la capacidad de impedir que el enemigo golpee infraestructura, agote defensas y normalice el daño. En algunas circunstancias, pagar más por cada derribo puede ser racional si se evitan impactos estratégicos o se preservan otras municiones críticas.

La segunda idea parece directamente un invento de trinchera: un dron interceptor equipado con una varilla sobresaliente y una cuerda fina colgando, tensada por un pequeño peso, que se usa para enredar las hélices de drones enemigos tipo cuadricóptero.

En la práctica, el interceptor no necesita explotar ni acertar un golpe perfecto: le basta pasar por encima, “peinar” el objetivo y dejar que el hilo haga el trabajo sucio, convirtiendo la física en arma. Es una respuesta elegantemente brutal a un problema moderno: cuando la guerra electrónica evoluciona, los drones se vuelven más resistentes al bloqueo y al jamming, así que vuelve a ganar valor lo mecánico que no se puede “parchear” con software. Enredar una hélice es la forma más directa de decirle a un dron que da igual lo inteligente que sea: sin rotación, se cae.

Estas tácticas reflejan una adaptación más profunda: el campo de batalla está empujando a ambos bandos a combinar interferencia electrónica con soluciones físicas, porque el duelo entre contramedidas y contra-contramedidas ya no garantiza resultados estables.

Redes, cuerdas, interceptores baratos, choques controlados, “capturas” en vuelo: todo apunta a una tendencia donde el derribo de drones pequeños se parece menos a la defensa aérea clásica y más a un oficio artesanal acelerado por la urgencia. Incluso fuera de Ucrania se están probando lanzadores de redes integrados en drones o dispositivos portátiles, pero aquí la innovación no nace de laboratorios, sino de unidades que necesitan que algo funcione cuanto antes.

Además, lo interesante es que no compiten entre sí: cada sistema parece optimizado para un tipo de presa distinta. El vehículo con misiles apunta al problema grande y repetitivo de los drones de ala fija estilo Shahed/Geran, rápidos, persistentes, usados en ataques masivos y a veces acompañados de señuelos para saturar.

La “caña de pescar”, en cambio, es una herramienta más quirúrgica contra cuadricópteros, que suelen operar cerca del frente, espiar, corregir fuego o atacar con munición ligera. Uno es caza de carretera contra objetivos que vienen de lejos, y el otro es lucha cuerpo a cuerpo en el aire, casi un combate de contacto. Juntos dibujan un mapa claro: Ucrania no busca una única solución milagrosa, sino una caja de herramientas donde cada truco cubre una parte del arsenal enemigo.

Lo hemos contado antes. En el fondo, todo vuelve al mismo dilema: cómo derribar mucho sin arruinarte. Ucrania ya está usando interceptores FPV rápidos que pueden costar muy poco en comparación con sistemas tradicionales, pero requieren operador, pericia y tiempo de persecución, lo que limita su escalabilidad.

Ese buggy con misiles ofrece derribos más “limpios” y con menos carga humana en el guiado final, pero obliga a seleccionar bien cuándo merece la pena gastar ese disparo. La “caña” es lo contrario: un intento de hacer el derribo tan barato como un simple gesto, economía extrema. Dicho de otra forma: la defensa aérea ya no es solo tecnología avanzada: es contabilidad táctica aplicada al minuto.

Imagen | Ukraine Air Command Central

**REDACCIÓN FV MEDIOS**

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