Durante los últimos meses, la guerra en Ucrania ha parecido avanzar por inercia: frentes que apenas se mueven, negociaciones encalladas y un desgaste constante que amenaza con normalizar el conflicto en Europa. Sin embargo, en las últimas semanas Moscú ha recordado, sin necesidad de grandes conquistas territoriales, que conserva la capacidad de alterar el tablero con un solo gesto: el nuclear.
En un conflicto atascado en el barro del frente y el desgaste industrial, Rusia ha vuelto a evidenciar que sigue sentada sobre una bomba estratégica, apretando un botón que no necesita pulsar del todo para surtir efecto: el del misil Oreshnik. Este sistema de alcance intermedio con capacidad nuclear, cuyo uso —incluso con cargas inertes o convencionales— funciona más como mensaje político que como arma táctica, reactiva la dimensión disuasoria del arsenal ruso.
La detección de un lanzamiento desde el polígono estratégico de Kapustin Yar y las explosiones posteriores cerca de Lviv, a escasos kilómetros de la frontera polaca, no buscan tanto destruir objetivos decisivos como señalar que Moscú puede escalar cuando y desde donde quiera, incluso desde instalaciones asociadas a sus fuerzas nucleares estratégicas, rompiendo deliberadamente la rutina “convencional” del conflicto.
El Oreshnik, derivado del programa RS-26 y capaz de portar múltiples cabezas que se separan en vuelo, no es un misil pensado para ganar batallas en Ucrania, sino para atravesar líneas rojas psicológicas en Europa. Su velocidad hipersónica, su alcance potencial de hasta 5.500 kilómetros y el hecho de que Ucrania carezca de defensas capaces de interceptarlo convierten cada lanzamiento en una demostración de vulnerabilidad estructural del flanco oriental de la OTAN.
Cuando Rusia lo empleó por primera vez contra Dnipro en 2024 con cabezas ficticias, dejó claro que no estaba probando puntería, sino credibilidad estratégica. Ahora, al acercar el impacto a la frontera de la OTAN y la Unión Europea, el mensaje es aún más explícito.
La reaparición del Oreshnik no es casual. Se produce mientras Ucrania rechaza ceder territorio en las negociaciones, Moscú insiste en que cualquier tropa occidental desplegada en suelo ucraniano sería un objetivo legítimo, y Washington, bajo la administración de Trump, intensifica la presión sobre aliados de Rusia como Venezuela.
El Kremlin justifica los ataques como represalia por supuestos intentos ucranianos de atacar la residencia de Vladímir Putin —acusaciones que incluso servicios de inteligencia estadounidenses ponen en duda—, pero la lógica real es otra: elevar el coste psicológico y político del apoyo occidental sin cruzar formalmente el umbral nuclear.
Como en inviernos anteriores, los misiles y drones rusos vuelven a cebarse con la infraestructura energética ucraniana, dejando barrios enteros de Kiev y otras ciudades sin luz ni calefacción en medio de temperaturas bajo cero. El Oreshnik encaja en esta estrategia de terror calculado: no solo daña instalaciones críticas, sino que amplifica la sensación de indefensión al introducir un arma que simboliza la escalada máxima posible. Ucrania responde golpeando redes eléctricas en regiones rusas como Bélgorod u Oriol, pero la asimetría estratégica permanece intacta.
Además, al impactar cerca de Lviv y, por extensión, de Polonia, Rusia no está hablando solo con Kiev, sino con Bruselas, Berlín y París. El Oreshnik es un recordatorio de que el teatro ucraniano está inseparablemente ligado a la seguridad europea y de que cualquier ampliación del apoyo militar tiene un reflejo inmediato en la escalera de la disuasión. No es casual que Moscú haya mostrado recientemente el despliegue del sistema en Bielorrusia, extendiendo aún más su sombra de alcance sobre el continente.
Así, con avances territoriales mínimos y extremadamente lentos, y un coste humano e industrial creciente, Rusia utiliza el misil Oreshnik como sustituto de victorias en el campo de batalla. No es un arma para conquistar Ucrania, sino para recordarle al mundo que el conflicto no puede cerrarse ignorando la dimensión nuclear rusa.
Desde ese prisma, cada lanzamiento es un aviso: Moscú no necesita detonar una ojiva para reactivar el miedo fundacional de la Guerra Fría. Basta con enseñar el botón, pulsarlo incluso a medias y dejar claro que sigue ahí, esperando, como una bomba de relojería que marca el ritmo de toda negociación futura.
**REDACCIÓN FV MEDIOS**