España se posiciona como fabricante de drones kamikaze tras las lecciones de la guerra en Ucrania

Europa lleva años hablando de defensa como un concepto abstracto, pero la guerra de Ucrania convirtió la amenaza en algo físico y cuantificable: drones, misiles, munición merodeadora y una cadena logística bajo fuego constante. Esto obliga a la OTAN a asumir que el campo de batalla moderno es una “zona de muerte” donde quien no produce en masa está en desventaja. En esa ecuación ha surgido una nación inesperada: España.

A esa presión estratégica tras la invasión de Rusia y la aparición de su flota fantasma se suma un factor incómodo: la tensión política con Estados Unidos y la sensación de que el paraguas de seguridad occidental ya no es un automatismo, sino una negociación.

En ese doble impulso nace la prisa por un escudo defensivo europeo, no solo en radares o interceptores, sino en industria, stocks y capacidad real de respuesta. La velocidad de fabricación importa tanto como la calidad, y la soberanía tecnológica se vuelve un requisito de supervivencia.

En ese escenario de rearme rápido y necesidad de autonomía, España apunta a pasar de ser un país que compra a ser uno que produce. Lo hará con un arma que define la guerra contemporánea: el dron kamikaze, o munición merodeadora, que observa, espera y golpea con precisión a costes muy inferiores a los de la aviación tripulada o los misiles tradicionales.

La jugada es ambiciosa porque España no compite desde la tradición industrial pesada de otros socios europeos, sino desde una apuesta por el segmento más demandado, escalable y urgente del momento: plataformas baratas, numerosas, rápidamente actualizables y capaces de saturar defensas. La tesis política y militar parece clara: si el futuro inmediato de Europa se decide por quién puede producir y reponer drones más rápido, entonces un país que lidere esa fabricación no solo gana contratos, sino también influencia.

El núcleo del movimiento fue noticia ayer con el acuerdo entre Indra y el gigante emiratí Edge para crear una empresa conjunta centrada en el desarrollo, producción y soporte durante todo el ciclo de vida de municiones merodeadoras y armas inteligentes. La cartera estimada de pedidos es de unos 2.000 millones de euros anuales.

Se habla de fabricar drones y capacidad sostenida: diseño, cadena de montaje, mantenimiento, reposición y escalado, algo esencial en un tipo de guerra donde los sistemas se consumen a un ritmo industrial. Indra se apoya en la experiencia de Edge en drones suicidas para acelerar el salto tecnológico. Se subraya que el valor real para Europa está en producir en territorio europeo, cumpliendo la lógica de soberanía y reduciendo dependencias y plazos en un mercado que se mueve por urgencia.

La apuesta ha tomado forma concreta con dos plantas en Castilla y León: en Villadangos del Páramo (León) se levantará una instalación productiva dedicada a drones y munición merodeadora, con una inversión de unos 20 millones de euros y una previsión de hasta 200 empleos a pleno rendimiento. En Boecillo (Valladolid) se instalará otra planta centrada en micromotores, un componente crítico que define autonomía, fiabilidad y capacidad de producción.

La combinación es reveladora: no es solo el “producto final”, sino también el control de piezas clave, lo que permite fabricar sin cuellos de botella y sostener un ritmo de salida alto cuando el entorno estratégico exige reemplazo constante. El objetivo es que España no sea solo ensambladora, sino parte del corazón industrial que hace posible la guerra con drones.

El Ministerio de Defensa ha presentado el proyecto como parte del Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa aprobado en mayo de 2025. Afirma que la factoría de León producirá “los drones más avanzados que hoy pueden operar en Europa y la OTAN”.

Más allá del titular, lo relevante es que la nueva empresa nacería ya con contratos valorados en torno a 2.000 millones de euros, con una carga de trabajo comprometida para cubrir necesidades de las Fuerzas Armadas españolas y también de otros ejércitos europeos, y con un horizonte de rendimiento en 2026 y 2027. El mensaje implícito es que España quiere estar en la capa industrial que sostiene el escudo defensivo europeo, no como actor secundario, sino como proveedor real de una capacidad que decide la supervivencia táctica en el frente.

El anuncio se hace con una puesta en escena en el Senado y en un contexto preelectoral en Castilla y León, donde el impacto local (unos 400 empleos repartidos entre León y Valladolid) convierte la industria de defensa en herramienta de política territorial.

La narrativa mezcla seguridad nacional y reindustrialización: zonas pequeñas como Villadangos del Páramo aparecen como receptores de un proyecto de alto valor tecnológico, mientras se presenta como un giro histórico para la base industrial española. Al mismo tiempo, se enlaza con otras iniciativas militares en la comunidad, subrayando que el rearme no es solo un debate estratégico, sino un mapa de inversiones, obras, infraestructuras y empleo que reordena prioridades públicas.

Por último, el movimiento también da pistas sobre el futuro de Europa con Ucrania como espejo: el escudo defensivo ya no se mide solo en tropas y doctrina, sino en capacidad de producir sistemas baratos, inteligentes y masivos, con ciclos de innovación cortos y cadenas de suministro controladas.

De alguna manera, Rusia ha impuesto el ritmo de la amenaza, y Washington ha añadido la presión política de no depender eternamente de un garante externo. En ese escenario, España intenta ocupar un hueco inesperado: convertirse en protagonista de la munición merodeadora europea, la herramienta kamikaze que no solo sirve para atacar, sino para negar espacio, saturar defensas e imponer costes al adversario.

En una Europa que ha descubierto con retraso que la guerra moderna se gana también en fábricas, España quiere que estén en su territorio.

**REDACCIÓN FV MEDIOS**

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